martes 21 de septiembre de 2010

Hasta el mañana que nos dejen disfrutar

Prometo vaciarme por dentro, hacer un interior reversible para así sacar todos los miedos afuera, los que ahogan y los que se enredan en las tripas de manera tortuoria. Aunque cualquiera de las dos situaciones sean igual de agobiantes. Aislada, libre del vociferío incesante, del sonido del tráfico, de las obras del "Escorial", paladeando el momento de paz del día, saboreando un segundo en el que no hay nada que hacer, simplemente disfrutar del paso del tiempo. Cierro los ojos mientras algunos rayos de sol calientan mi rostro, saben escaparse entre las hojas de los árboles, bajar desde la copa como dando pequeños saltos hasta llegar a mí. Me recosté en el respaldo del banco verde. Crujió bajo mi peso minúsculo. La madera casi incolora, pero siempre había sido verde y siempre lo sería, al menos hasta que lo derribaran. La semana pasada el dueño del galgo negro se plantó frente a dos quinquilleros que estaban arrancando otro de los bancos. Al menos tuvieron la vergüenza de parar e irse, pero dejaron un hueco vacío donde nada más un hierro retorcido recordaba que también allí alguien había pasado horas y días esperando que el tiempo pasara, sin más. De un salto se sienta a mi lado, de un salto o escurriéndose por el hueco del respaldo, es ágil el pequeño, y listo. Me mira, me olfatea las manos y si me descuido me llevo un lametazo de regalo, saco del bolso una galleta. Se sienta, muy firme, muy tieso, me da una pata y después la otra. Espera su recompensa.

El puente de piedra se veía más bonito que de costumbre, igual de viejo, igual de desgastado por los años y esos irrisorios focos nóveles que le roban la intimidad nocturna para dar placer a algún político. Piso una de las muescas, y otra, y otra... escalo hasta arriba venciendo las sensaciones de vértigo y me siento con los pies colgando. Demasiado alto para que lleguen al agua, turbia a días, clara otros... pero con peces, diminutos que danzan en busca de algo que comer sin pensar que cualquier día aquello será un coto de pesca y dejarán de tener paz. Otros, más grandes, se esconden debajo de lo que queda de los juncos, también arrancados para un supuesto parque botánico que a saber cuando terminarán.

Se ve la carretera y el otro lado del río... también las máquinas excavadoras plantando árboles de la zona y hasta olivos. ¿Qué pinta un olivo en el norte? Es gracioso que se jacten de "árboles autóctonos" y los incluyan, jamás vi uno en el monte, ni en el campo o el lago. Giro la mirada sobre la pradera, el césped recién cortado lava la cara a lo que hasta hace unos días era hierba hasta la rodilla, salpicada con montones de tierra y piedras que son una especie de despedida. ¿Cuánto tiempo nos quedará? Y miro a ese cachorro (ya no tanto) que corretea y se mete en el agua, mojándose las patas y la barriga, para lanzar mordiscos a esta de forma divertida.

Vientos de contenedores de residuos urbanos que metieron más miedo en mi cuerpo, el mío y el de todos los que dejan horas de sus días en algún momento por allí. Vientos aplacados por la colocación del cartel subvencionado que explica claramente el presupuesto y el área de educación vial. ¿Por qué se comen las zonas verdes? ¿Por qué se comen nuestra zona verde y no usan las de baldío? La mía, la de Tigre... la de Mara, Dush, Edi, Lucero, Lua, Luna, Puma, Kira, Zar, Zas, Sultán, Guen... compañeros de cuatro patas que corretean, comen hierba, persiguen pájaros despistados, se pegan baños de campeonato, escarban para sacar la piedra más grande o insisten en hacer agujeros. Lametones y babas, empujones, pisotones, manchas, charlas diversas, risas, mimos para todos...

Con pena en el corazón, odio en las entrañas y esperanza de un pedazo pequeño en el que poder seguir respirando aire puro me dirijo hacia la salida. Despacio, respirando hondo, llenándo los pulmones del mejor aire del día, recargando la energía que se escapa en cada esfuerzo, paladeando el silencio que se rompe con mi llamada: ¡Tigre, ven! Le pongo la correa y abro la puerta de la verja para cerrarla tras de nosotros.

Hasta mañana. Hasta el mañana que nos dejen disfrutar, la melancolía, entonces, se quedará enraizada, ahora soy yo quien la saca a pasear por el día de mañana.

Recuerdos a fuego de mañanas verdes.

5 comentarios:

Eingel dijo...

El sol vuelve a salir, y la hierba crece, las flores se abren y la vida sigue...

sé que no tiene mucho que ver, pero bueno, ya me conoces

Besoooos

Diana dijo...

Jajaja, no importa, también sabes que aprecio mucho tus palabras : )

le journal de prada dijo...

bueno aqui tienes una seguidora más para tus textos varios jajaj
muy buenas reflexiones!!
pasate por mi blog cuando quieras:
http://lejournaldeprada.blogspot.com

bisitoss

Diana dijo...

Gracias, me pasaré por tu blog a ver que tal : )

María José Jabones BayadeOro dijo...

Genial... no soy muy buena para escribir,y ahora mismo es la única palabra que me sale. Un abrazo.